El señor Pip. LLoyd Jones

miércoles 3 de junio de 2009

La literatura nos ayuda a interpretar el mundo, a recordar lo que dejamos atrás, a proyectarnos hacia el futuro, a escapar del exterior cuando las condiciones que nos rodean son demasiado terribles para intentar comprenderlas, a tener esperanza... ésto es lo que Lloyd Jones nos sugiere en esta conmovedora, pero también, desgarradora novela.

La historia tiene lugar en Bougainville, una pequeña isla perteneciente al estado de Papúa-Nueva Guinea, durante la guerra civil que se desató en 1991 entre la población
—empleada en su mayoría en la extracción de cobre—
y el ejército nacional, custodio de los intereses de la compañía australiana explotadora de las minas.

En ella vive la joven Matilda, junto a su madre. De su padre sólo conserva escasos recuerdos, ya que éste emigró a Australia al perder su empleo. Y respecto a los demás habitantes, prácticamente todos los adultos en edad de luchar han marchado junto a los rebeldes.

Ante el ambiente desolador en que ha quedado sumida la aldea, un día el excéntrico señor Watts, el único hombre blanco dispuesto a permanecer en la isla, decide reabrir la escuela. A partir de entonces, tanto niños como adultos, pasarán por el aula. Y es que, el señor Watts, consciente de sus limitaciones y de su falta de experiencia como maestro, idea un improvisado sistema de enseñanza: compaginar la lectura en voz alta de —la que él considera es la mejor novela del mejor escritor inglés del siglo XIX— Grandes Esperanzas, de Dickens, con la participación durante las clases de todos aquellos familiares que quieran compartir con los niños sus conocimientos sobre el mundo.

De la mano de Pip, el niño huérfano, protagonista de Grandes Esperanzas, los jóvenes alumnos recorrerán las calles de la Inglaterra victoriana, descubrirán otros mundos, la manera de hacer frente a la adversidad, el valor de la honestidad y la lealtad, y sobre todo, aprenderán a tener esperanza en el futuro, por muy duras que sean sus circunstancias actuales.

A través de los consejos y enseñanzas de los familiares, los niños escucharán hablar sobre los colores del mundo, cómo predecir el tiempo, la mejor manera de matar un pulpo o guisar una tortuga, pero también, sobre las vivencias y las supersticiones de los mayores, el mar, el silencio, o la importancia de la fe: "Debeis creer en algo. Sí, es necesario. Incluso las palmeras creen en el aire. Y los peces creen en el mar" —les dice un día a los niños la madre de Matilda.

Una novela entrañable —salpicada, no obstante, de escenas de gran dureza en las que los acontecimientos se precipitarán dramáticamente— que nos habla del amor a la literatura y su relación con la vida, a la vez que del resentimiento y el miedo ante el poder de la imaginación, de la negación de la memoria colectiva y la expresión cultural de los pueblos. Una opción de futuro desolador, del cual, la joven Matilda —quien nos hace pensar en la niña prodigio que recreó Roald Dahl— intentará escapar a través de las desventuras y peripecias del joven Pip.

Alice Munro, ganadora del premio Man Booker International

jueves 28 de mayo de 2009

La escritora canadiense, Alice Munro, ha sido la ganadora, a sus 77 años de edad, del premio Man Booker International.

13 autores, entre los que figuraban nombres como Mario Vargas LLosa, V. S. Naipaul, o Joyce Carol Oates, entre otros, competían junto a la popular escritora por el galardón, dotado con 60.000 libras, y en el que la selección de los candidatos se realiza directamente por decisión del jurado como reconocimiento al conjunto de toda una obra.

Autora de numerosos libros de relatos, como Escapada, La vista desde Castle Rock; Odio, amistad, Noviazgo, amor, matrimonio; y El amor de una mujer generosa — su última obra, publicada recientemente en España— Alice Munro es una escritora de largo recorrido que gracias a su dominio narrativo y su capacidad para abordar, de manera aparentemente sencilla pero exquisita, las complejidades y frustraciones vitales de sus personajes — muchos de ellos, femeninos— ha conseguido cautivar a millones de lectores en todo el mundo.

"Alice Munro es conocida sobre todo por sus relatos, pero aporta más profundidad, sabiduría y precisión en cada una de sus obras que la mayoría de los novelistas en toda una vida. Cada vez que se lee a Munro se aprende alguna cosa sobre la que no se tenía ni idea", declaraba en un comunicado el jurado, compuesto, entre otros, por los escritores Jane Smiley y Amit Chaudhuri.

Pese a su corta existencia —ésta ha sido su segunda convocatoria— el Man Booker International Prize es uno de los galardones más populares en el panorama literario actual.

Su diferencia respecto al Man Booker Prize radica en que, mientras que éste último está dirigido a la, considerada por el jurado, mejor novela original escrita en lengua inglesa por un escritor proveniente del Commonwealth o de la República de Irlanda, el Man Booker International Prize se otorga de manera bienal a un autor vivo de cualquier nacionalidad, como reconocimiento al conjunto de toda una obra, siempre que ésta haya sido publicada en inglés.

Los amores de Nikolai. Marina Lewycka

lunes 25 de mayo de 2009

Con la publicación de su primera novela, Los amores de Nikolai —cuyo título original es La pequeña historia de los tractores en ucrainés— la autora inglesa de origen ucraniano, Marina Lewycka, consiguió el merecido reconocimiento de la crítica y de numerosos lectores. De hecho ya ha sido traducida a 27 idiomas y está a la espera de su versión cinematográfica.

Pero.... ¿qué tienen que ver los tractores con el amor? se preguntará el lector. Pues bien, la historia narra las peripecias y desatinos amorosos de Nikolai, un excéntrico viudo octogenario de origen ucrainés, asentado en Inglaterra que, repentinamente, decide casarse con Valentina, de 36 años, recién llegada de Ucrania. Las hijas de Nikolai, Vera y Nadezhda, enfrentadas entre sí desde la muerte de su madre, deciden intervenir y aunar esfuerzos para que la idea del matrimonio no siga adelante.

Y como trasfondo, el libro que está resuelto a escribir Nikolai —ingeniero aficionado a todo tipo de maquinaria industrial— sobre el origen y la evolución del tractor en su país. Una pequeña venganza personal contra el régimen soviético que, con la llegada del tractor, impuso a los campesinos ucranianos la colectivización de la tierra y el fin de la explotación privada, provocando, ante la oposición de aquellos, una terrible hambruna que acabó con miles de vidas humanas.

Entre la soledad, el peso de la vejez y la incomprensión por parte de sus hijas, Nikolai se aferra obstinadamente a dos ideas: su deseo de casarse con Valentina y su decisión de escribir su libro.

Sin embargo, a medida que avanza el relato, la trama se complica y lo que empieza siendo un problema familiar, contado con una buena dosis de humor
—un humor muy inglés, por cierto— cargado de diálogos hilarantes y episodios realmente divertidos, acaba convirtiéndose en una situación dramática y claustrofóbica que pone al descubierto otra historia: la terrible fractura emocional de toda una generación que hubo de luchar para sobrevivir a los campos de trabajo, la persecución política, la pobreza y la sinrazón; aquellos que lo consiguieron, prefirieron, no obstante, olvidar, construir un pasado a la medida de lo soportable, llenarlo de silencios.

Un espacio, el del silencio de los derrotados, que Marina Lewycka se esfuerza en recuperar y sacar a la luz en ésta su excelente opera prima. Y lo hace sin estridencias, sorteando sigilosamente el horror, y ayudándose, para ello, de una prosa ácida pero no exenta de ternura, que buscará la reconciliación y el entendimiento entre las dos hermanas —representantes, ambas, de aquellos que vivieron de primera mano la derrota y el desarraigo, y de las generaciones más jóvenes que apenas si han oído hablar de ello pero que, sin embargo, también han padecido en carne propia las secuelas de un oscuro pasado familiar.

Lewycka —hija de un matrimonio ucraniano y nacida en un campo de refugiados en Kiel, en la Alemania nazi— se inspiró en su propia vida para escribir la obra. Acerca de la amarga experiencia en que se vio inmersa su familia, Lewycka explicaba: "Más que amargura, lo positivo de esta experiencia es que el espíritu humano sobrevive siempre, incluso pasando por experiencias tan terribles como las que vivió Europa en los años treinta y cuarenta."

Quino, despedida temporal y homenaje

jueves 21 de mayo de 2009

Quino junto a Mafalda. Copyright: Quino. El popular humorista gráfico, Quino, ha declarado recientemente a través de una carta dirigida a sus queridas lectoras y lectores, publicada en Viva —la revista dominical del periódico argentino Clarín— su decisión de tomarse un tiempo para renovar sus ideas y encontrar nuevas formas en su línea gráfica.

"Lamentablemente, al día de hoy no he sabido encontrar la fórmula de tales cambios"—añadía. Quino declaraba así su decisión de interrumpir su espacio de "páginas ya republicadas", ya que éso sería "una falta de respeto no sólo a los lectores de Viva sino también a una larga carrera".

"Resultó interesante volver a verlas por la asombrosa actualidad que presentaban muchas de ellas, lo que prueba que tantos problemas que hoy nos agobian vienen repitiéndose gracias al talento que pone la sociedad en reciclar sus errores" —explicaba.

Hace unos días, el autor, de 76 años de edad, confesaba, asímismo, a los oyentes de Radio Continental, que el mundo actual le tiene muy desconcertado, y aludía a temas tales como "los casos de tortura en Estados Unidos, o que el Talibán esté a punto de tomar el poder en un país que tiene bomba atómica".

Por otro lado, el emblemático barrio de San Telmo, en Buenos Aires, acogerá, a partir de mediados de año, una estatua de Mafalda con la que, el gobierno de la ciudad, ha querido rendir homenaje a su creador.

La escultura, realizada por Pablo Irrgang, tendrá unos 70 centímetros de alto y estará ubicada frente al edificio situado en la calle Chile 371, donde vió la luz aquella niña crítica y respondona que tanto nos ha hecho disfrutar a toda una generación de lectores. Fuente: La Vanguardia.

Suerte y hasta muy pronto!

Un préstamo centenario

martes 19 de mayo de 2009

Es una escena que se repite a diario entre quienes trabajamos en Bibliotecas Públicas: ese momento crucial, siempre comprometido, en el que un usuario
te devuelve —con aspecto apesadumbrado y evidentes signos de arrepentimiento— el libro que, sin saber cómo, hace ya varios días, meses, o incluso años... que quedó olvidado en aquel rincón de casa, a la espera de su retorno a la biblioteca de donde se tomó prestado.

Los más optimistas, buscando, entre sonrisas de complicidad y piadosas disculpas, el perdón por parte del bibliotecario; los más lúcidos saben que el indulto en materia bibliotecaria es difícil de negociar y ya sólo esperan, derrotados, el castigo que los exima —cuanto antes mejor— de su falta.

Pues bien, lo anterior viene a cuento a raíz de una noticia que he leído hace unos días, acerca de un libro que ha sido devuelto al Museo-Biblioteca de Lyn, en Ontario, 110 años después de haber sido prestado.

El libro en cuestión, el Webster's Dictionary, fue prestado en 1899 a Mut Baird; unos meses más tarde la familia se trasladó a vivir a Nueva York y el libro quedó olvidado en su antigua residencia, hasta que 110 años más tarde, su sobrino, Dale Fenton Baird, de 83 años de edad, dió con él, por casualidad, entre los recuerdos personales de su tío.

Aunque el retraso conllevaría, a día de hoy, una multa de 9.000 dólares (más de 6.800 euros), los responsables de la biblioteca, en agradecimiento por haber conseguido recuperar el ejemplar —encuadernado en cuero, y en perfecto estado— han perdonado a la familia Baird la sanción.

Fallece el poeta Mario Benedetti

lunes 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti, el poeta del compromiso, del amor y de la alegría, como lo denominaban algunos, ha fallecido en su casa de Montevideo, a los 88 años de edad. Tras de sí ha dejado más de 80 novelas, cuentos, ensayos y su excelente poesía, su gran e íntima pasión.

Vaya, desde aquí, nuestro adiós a quien fue un gran escritor, todo un icono de la poesía y de la narrativa contemporáneas, y también un gran hombre, a decir de quienes lo conocían bien. Excelente, y muy emotivo, el espacio que le dedica hoy el diario El País.


A tientas

Se retrocede con seguridad
pero se avanza a tientas
uno adelanta manos como un ciego
ciego imprudente por añadidura
pero lo absurdo es que no es ciego
y distingue el relámpago la lluvia
los rostros insepultos la ceniza
la sonrisa del necio las afrentas
un barrunto de pena en el espejo
la baranda oxidada con sus pájaros
la opaca incertidumbre de los otros
enfrentada a la propia incertidumbre.

Se avanza a tientas / lentamente
por lo común a contramano
de los convictos y confesos
en búsqueda tal vez de amores residuales
que sirvan de consuelo y recompensa
o iluminen un pozo de nostalgias

Se avanza a tientas/ vacilante
no importan la distancia ni el horario
ni que el futuro sea una vislumbre
o una pasión deshabitada
a tientas hasta que una noche
se queda uno sin cómplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un túnel o destino
que no se sabe dónde acaba.

Mario Benedetti

Alabama Song. Gilles Leroy

jueves 2 de abril de 2009

Hay quienes piensan que intentar traspasar los límites que separan a la biografía de la novela siempre es un ejercicio arriesgado. La cosa se complica aun más cuando, como en el caso que nos ocupa, la historia ha hecho del personaje mito y símbolo de una época.

Esto es lo que sucede con Alabama Song, la novela ganadora del prestigioso Premio Goncourt 2007, en la que el autor francés Gilles Leroy recrea la figura de Zelda Sayre y su tormentosa existencia junto a quien fuera su esposo, el novelista americano Francis Scott Fitzgerald.

Pertenecientes a la llamada generación perdida —término acuñado por Gertrude Stein para referirse a aquellos jóvenes escritores estadounidenses nacidos durante el período de entreguerras— Zelda Sayre y Scott Fitzgerald llegaron a convertirse en una de las parejas más glamourosas de Nueva York.

Unidos por una misma ambición —conquistar la fama, hacer dinero y llegar a codearse con la crème de la crème de la sociedad de la época— en tan sólo una década, la pareja pasó de la popularidad al olvido. Arruinados, cansados de sus muchos excesos y de una vida derrochada entre disputas conyugales, fiestas escandalosas y vasos de ginebra, el dorado sueño americano acabó por volatizarse para ellos, ante la mirada indiferente de los círculos mediáticos. El crack económico del 29 coincidiría, casualmente, con el derrumbe moral y profesional de la pareja.

Alabama Song es un crudo relato escrito en primera persona en el que, Zelda —a la edad de 40 años y recluida en un hospital psiquiátrico— rememora su pasado y su malograda vida conyugal junto al escritor: desde su juventud —cuando con 18 años la hermosa sureña conoce al elegante Teniente Scott, apenas 4 años mayor que ella y con un prometedor futuro como escritor por delante— hasta sus últimos días en el psiquiátrico de Asheville, donde murió en 1948 a causa del incendio declarado en el edificio.

En el libro Leroy dibuja a Zelda como una mujer de carácter frágil pero independiente que, no obstante estar dotada de un gran talento para la escritura y la pintura, vivió tanto a nivel personal como artístico, sometida al cruel autoritarismo de su marido, celoso de su creatividad y de su temperamento vital y apasionado, tan lejos de las convenciones y el qué dirán, de que ella gustaba hacer gala en sus salidas públicas.

Como contrapartida, a través de la voz desgarrada —y desgarradora— de Zelda, Leroy desnuda sin pudor la figura de Scott Fitzgerald, lo despoja de sus elegantes trajes —cuya confección encargaba a los sastres más caros de Nueva York, aun cuando no tenía un céntimo— para describirnos a un hombre arrogante y degradado por el alcohol, cuya vida personal, según Leroy, no siempre supo estar a la altura de sus éxitos profesionales y de la imagen de refinado seductor que proyectaba a su alrededor.

Junto a la malograda pareja, por las páginas de la novela desfilan otros autores, con los que Scott y Zelda mantuvieron amistad a lo largo de su vida, como John Doss Passos, Maxwell o Hemingway —éste último camuflado en la historia bajo el nombre de Lewis.

Pero Alabama Song es, ante todo, un alegato en defensa de Zelda en el que Leroy —en palabras del propio autor— pretende reivindicar su figura y liberarla de los prejuicios que, erróneamente, han contribuido a difundir sobre ella gran parte de los historiadores y biógrafos de Scott Fitzgerald, quien —continúa afirmando Leroy— no dudó, por su parte, en adjudicarse la propiedad de algunos de los textos y artículos de su mujer, con la excusa de que a su nombre recibirían mejor acogida, así como aquellos extraídos de los diarios y la correspondencia privada de ésta, y que él aprovechó para elaborar sus novelas.

Basándose en los numerosos documentos disponibles que el autor ha podido reunir sobre la pareja, Leroy le devuelve a Zelda —bajo la forma de un extenso monólogo interior que recorre el libro de principio a fin— el don de la palabra.

Durante su reclusión en el hospital Zelda se aferra con fuerza a sus recuerdos en un intento desesperado por mantener la lucidez y recuperar, de alguna manera, el sentimiento de control sobre su vida.

Mediante la escritura, su relato, entrelazado al hilo de los episodios que van aflorando libremente a su memoria —siguiendo un orden cronológico— irá adquiriendo el carácter de un doloroso acto de expiación. Sin embargo, pese a la terrible carga emocional que acompaña a muchos de sus recuerdos, su voz, lejos de flaquear, madura y se fortalece con el dolor, consciente de que sólo afrontando con valentía los pasajes más oscuros de su memoria es posible ganarles la batalla a la locura y la desesperación.

Con un estilo punzante e irónico, que alterna pasajes de gran sensibilidad poética con otros dominados por un realismo abrupto —rozando incluso lo escatológico— Leroy consigue mantener el interés y la tensión del lector a lo largo de todo el relato, escarbando con hondura en los conflictos interiores de la mujer que fue musa e inspiradora indiscutible, tanto en la vida, como en el arte, del autor americano.

Sin embargo, por mucho que la novela resulta excelente, tanto en su construcción como en el perfil que traza de los personajes, tras su lectura es inevitable preguntarse –como sucede siempre que nos encontramos ante una obra que trata de conjugar elementos biográficos e imaginarios— ¿qué hay de verdad y qué de leyenda tras el halo de popularidad y la abundante, y en ocasiones contradictoria, documentación que la pareja dejó a su paso, y en la que Leroy se basó para construir su novela?

De hecho, tras su publicación, no faltaron las voces de protesta de aquellos que consideraban que Leroy traza en su libro una imagen excesivamente crítica de Scott Fitzgerald; o las de quienes opinan que quizás vaya demasiado lejos en algunos de sus supuestos, como por ejemplo la narración que hace del momento en que Lewis, alter ego de Hemingway —sobre cuya condición homosexual se ha llegado a rumorear en ocasiones— es sorprendido por Zelda, en la habitación de un hotel, en una situación comprometida junto a su marido.

En 1940, arruinado y alcoholizado moría Scott Fitzgerald en Hollywood.
Zelda lo seguiría ocho años más tarde. La salamandra —la altanera bailarina gitana de aquella novela que tanto gustaba a su madre y por la que ésta le pondría de nombre Zelda— no consiguió escapar de las llamas que cercaron el hospital.

El epitafio que preside la tumba conjunta de la pareja, extraído de un párrafo final de la que fuera la obra más emblemática de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, recuerda su vida en común:

Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.